Buenas noches vecinas y vecinos de Tunte. En primer lugar quiero dejar constancia de mi profundo agradecimiento al alcalde don Marco Aurelio Pérez Sánchez, por invitarme a pregonar las fiestas de Santiago Apóstol, y a los miembros de la comisión de fiestas por su confianza y apoyo. Estoy agradecido y feliz por todo lo que representa asumir la responsabilidad de anunciar uno de los actos festivos más importantes y significativos de cuantos tienen lugar en Canarias. Esta es una de las fechas más esperadas en el calendario del municipio de San Bartolomé de Tirajana, en la que se dan cita, en un ritual que se repite año tras años desde hace ya varios lustros, cientos de feligreses, peregrinos, familias, amigos, vecinos y gentes llegadas de diferentes puntos de la isla, del Archipiélago y también de remotos lugares, que llegan hasta estas generosas tierras atraídos por una celebración que hunde sus raíces tanto en lo profundamente religioso, como en el imaginario cultural y social de un pueblo que desde hace siglos hace gala de una más que férrea y saludable identidad, un estandarte que llevan con orgullo y que defienden con enorme entereza de todos aquellos que lo intenten ensombrecer.
Antes de avanzar en el camino de la celebración que nos convoca, creo necesario realizar unas pequeñas reflexiones a modo de apunte sobre lo que nos trae hoy aquí: la fiesta, algo que el sociólogo y antropólogo Marcel Mauss ha definido como “un hecho social total”. Este experto ha señalado en sus estudios que la fiesta, en términos generales es “una celebración cíclica y repetitiva, de expresión ritual y vehículo simbólico, que contribuye a significar el calendario y a demarcar el espacio”. “Se sitúa en oposición al tiempo ordinario y a la vida cotidiana, y establece una relación dialéctica, paradójica y contradictoria, entre lo sagrado y lo profano, entre lo religioso, lo cívico y lo lúdico. “A través de ella, un agregado social entra en contacto con las fuentes últimas de su identidad y reconstruye la experiencia de comunidad imaginada, mediante la actuación de grupos específicos como agentes del ritual festivo”. “Evidenciando y exaltando identidades, contribuye a la toma de conciencia y a la creación de identidad colectiva”. La fiesta, mediante la eficacia de la acción ritual, está dotada de ese poder configurador de la realidad, y no por simbólica deja de tener efectos sociales, económicos y políticos”. Potencial que no ha perdido en las sociedades multiculturales y globalizadas.
En esto último quiero detenerme un momento. San Bartolomé de Tirajana, como consecuencia de su exitoso desarrollo turístico de más de cincuenta años y del efecto llamada que esta actividad económica ha tenido en materia laboral, ha dado lugar a que en poco más de un cuarto de siglo su población residente no solo se haya duplicado sino al mismo tiempo se haya transformado en un mosaico de culturas y nacionalidades, lo que hoy por hoy permite la convivencia pacífica de más de un centenar de diferentes nacionalidades. No se conocen lugares o espacios en el mundo donde en un mismo territorio convivan en armonía personas de tan diferentes orígenes. En otros lugares del planeta unas condiciones parecidas hubiesen sido motivo de tensiones y posiblemente hubiese dado lugar a estudios de todo tipo. En San Bartolomé de Tirajana se lo tiene asumido como algo absolutamente normal. Esta normalizado. Que haya aulas de colegios con estudiantes nacidos en cinco continentes no llama la atención ni al profesorados ni a la comunidad educativa. La integración es total y la convivencia entre menores y sus familias resulta en mucho casos ejemplar.
Este fenómeno social, poblacional y cultural se registra fundamentalmente en la franja costera, pero lentamente comienza a caminar hacia otras latitudes de la geografía municipal y regional. Se dice que es un fenómeno que se da, aunque a menor escala, en todos los municipios turísticos del Archipiélago y también de otras zonas de la costa mediterránea española. Pero en San Bartolomé de Tirajana tiene una particularidad, no ha conseguido cambiar o modificar el hecho social total, la celebración de sus fiestas y menos aún el conjunto de sus costumbres. Es más, los que han llegado de otras latitudes, lejos de querer introducir sus tradiciones lo que han hecho es sumarse a las de la tierra. Ver alemanes o nórdicos con indumentaria canaria compartiendo una romería es una imagen curiosa pero a la vez muy significativa y gratificante. Sea por influencia de sus hijos nacidos aquí o porque se identifican con el sentimiento local, comparten lo más simbólico de la fiesta y se sienten uno más. Y esto ocurre, más que por el trabajo institucional previo, porque en esta tierra se ha sabido mantener un fuerte sentimiento de identidad o sentido de pertenencia, como también se le llama, y eso actúa como un imán, te lleva, te arrastra, te aprisiona y te atrapa. Algo parecido le ha ocurrido a este pregonero, siendo de tierras lejanas, allende los mares, hoy está compartiendo con el mejor de sus sentimientos este momento único e inolvidable. Debe ser porque soy de pueblo, y no hay nada más digno y valioso que la identidad de un pueblo.
Cuando hablamos de sentido de pertenencia, nos referimos al sentimiento o a la conciencia de formar parte de un grupo en el que adquirimos modelos de referencia, que influyen directamente en nuestras características. Tiene su origen en la familia ya que es el primer grupo al que pertenecemos. Pero no solo la familia, el colegio, las actividades rurales, la fe, el bar, los amigos, todo esto nos hace sentir como miembros de algo, aunque claro está, todo está influenciado por los cambios sociales que acompañan a la evolución de los tiempos. Es obvio, que el sentido de pertenencia que una persona podía experimentar hace tres siglos distará bastante del de un hombre del siglo XXI, pero hay un algo que no cambia; en todos encontraremos una piedra angular común, el arraigo territorial y un sentimiento general de interdependencia, de orgullo. El sentir orgullo nos da valor como personas, nos da seguridad y autoestima. La identidad es un fenómeno eminentemente subjetivo que contiene un fuerte componente emocional. Yo he visto a gente de este pueblo derramar más de una lágrima cuando la imagen ecuestre del Apóstol sale por la puerta del templo. Eso sí es orgullo, sentimiento e identidad. Estos son valores, valores que han perdurado con los años, que se han sabido mantener en lo alto, que nadie se atreve a interferir sobre ellos porque son la piedra angular que mantiene en pie el sentido de pertenencia. Tunte es piedra angular de una cultura más que centenaria que la evolución de los tiempos y los vientos de la modernidad con todos sus maravillosos avances no ha logrado virar. El amor por la tierra se mantiene intacto pero faltan manos para trabajarla.
La tierra, la madre tierra, la generosa tierra.
Remontándonos a los años siguiente a la conquista de Gran Canaria por los castellanos, y revisando trabajos e investigaciones me encuentro con un texto en el libro Usos, costumbres y fiestas Gran Canaria en el siglo XVIII, de Francisco Martínez de Fuente, en el que se describe a una Tirajana con enorme potencial en la calidad de sus tierras y en lo que en ellas se cultiva. “Aquí no hay nada volcánico ni arenoso, todo lleva o árboles o sementeras, y no hay brazos bastantes para cultivar todo lo que podía ser útil”. Repito, es un texto descriptivo de Tirajana del Siglo XVIII. Y añade que “el terreno produce millo, judias, papas, lino, garbanzos, batatas, cebollas, ajos, calabazas y cuantas verduras plantasen en donde hay riego”. “En el secano fructifica el trigo, cebada, centeno, garbanzos y todo género de legumbre”. “Cría igualmente reses, cabras en crecido número y ganado lanar”. También nos habla del cultivo de aceitunas, de la producción de aceite de oliva, de que hay mucho almendro, higueras, de la venta de fruta pasada y de que la fresca no se aprecia por la distancia de los lugares de consumo. Siglo XVIII, donde la situación geográfica y la falta de vías condicionaba la economía de Tirajana. Eran tiempos duros pero quienes contaban con tierra más agua y cultivaban no les faltaba el alimento.
El agua fue en aquellos años y hasta no hace mucho un bien tan escaso como necesario. Hoy están las tierras y también el agua, pero como señalé hace un instante faltan manos para trabajarla. Pocos, muy pocos son los que en Tirajana siguen empeñados en extraer los frutos de esta tierra generosa, muchos ya tienen sus años y no se sienten totalmente acompañados por las instituciones que tienen el deber de apoyarlos y mantener la actividad.
La tierra, comentaba hace unos días con un agricultor con muchos años de sacrificios y luchas por los cultivos, es un bien al que no se le está dando el valor que se merece. La mayor parte de las tierras de la Caldera de Tirajana y otras recostadas sobre el litoral, duermen desde hace años esperando manos o herramientas que las trabajen. Todos los que alguna vez fueron agricultores y los pocos que lo son aún hablan con sinceridad cuando explican, que trabajar la tierra es una labor ingrata, llena de sacrificios y que no se ve recompensada a la hora de obtener los beneficios de esos frutos. Entonces deciden dedicarse a otra labor. Buscar un ingreso en la hostelería, en la construcción o en otra actividad de servicios. La juventud, dicen, no quiere saber nada de nada de volver al campo, que a eso lo ven como algo del pasado y que el campo no despierta en ellos ningún tipo de entusiasmo, salvo el de disfrutarlo en un fin de semana. Esta es una historia que se ha venido repitiendo a lo largo de los años, generando abandono de los mejores suelos de cultivos y también despoblamiento de los núcleos rurales. Solo quedan aquellos que lo hacen por amor, por una pasión que les viene de atrás, de sus familias y que lo complementan en muchos casos con una actividad profesional. Prácticamente ya no quedan agricultores que vivan directamente de lo que producen. Eso es muy difícil, aseguran.
¿Pero qué hacemos con tantas tierras productivas sin manos que las trabajen?. Esta es una pregunta que nos la hacemos muchos y de momento no encuentra una respuesta concreta y acertada en el imaginario de las instituciones ni de los responsables de administrarlas.
¿Vamos a continuar tapizando de cemento las calas y barrancos y llenando de carreteras, calles y avenidas la franja costera o buscamos una alternativa que complemente al sector servicios?. Es un interrogante al que se le pueden incorporar otros muchos más, cuando se trata de perfilar el futuro.
Así como existen planes o proyectos para el desarrollo de los suelos costeros, para la rehabilitación de inmuebles desfasados con objeto de volverlos a poner en el mercado turístico en condiciones óptimas para su uso, no sería descabellado pensar en un plan de recuperación de las tierras o mejor dicho de la agricultura, mediante la aplicación de nuevas y modernas técnicas de producción. Existen los medios, tenemos a las personas, solo queda por delante imaginar, crear y desarrollar las ideas, sinergias que favorezcan ese impulso.
Entre las muchas ideas posibles para comenzar a caminar en ese objetivo estaría el volver a despertar el cariño por esta actividad entre la juventud. Hacer que las generaciones nuevas vuelvan la mirada a la tierra y descubran con la ayuda de los expertos y los mayores, que vale la pena dedicarse al cultivo o la cría de ganado, que nada es más gratificante que recoger el fruto que será el alimento de nuestra gente. Se que suena a algo idílico, fuera de contexto quizá, romántico también, pero alguien tiene que decirlo públicamente. Se necesita un compromiso desde lo institucional, político y administrativo. ¿San Bartolomé de Tirajana, municipio que ha sido pionero en tantas iniciativas, está en condiciones de plantearse este reto que lleva consigo un mensaje transformador y valiente?.
Un paso de gigantes en este sentido, y aquí queda planteado a modo de propuesta o hipótesis de trabajo para los responsables políticos, sería aprovechar las condiciones excepcionales de las tierras tirajaneras, impulsar la creación en Tunte de un Centro de Capacitación Agraria con nivel académico de ciclo superior y que a la vez tenga su residencia, al que puedan acudir jóvenes de toda la isla y de otras islas igualmente, para formarse o capacitarse para la puesta en marcha de actividades productivas en el fértil suelo tirajanero. Además, esa formación al mismo tiempo podrá facilitarles el acceso a estudios universitarios y de ese modo convertir a la Villa de San Bartolomé de Tirajana en la capital del nuevo modelo agrario insular. Con una importante inversión en educación y con profesionales convenientemente formados sobre el terreno existen muchas posibilidades para la recuperación de las tierras y la agricultura, con beneficios que serán múltiples y agradecidos, porque los cultivos crean y mejoran el paisaje, fomentan la puesta en marcha de pequeñas industrias vinculadas al campo, incrementan la población de los núcleos rurales contribuyendo a frenar el despoblamiento actual y robustece sobremanera el sentimiento o sentido de pertenencia.
Como habrán comprobado me gusta hablar de futuro, poner todo el énfasis en iniciativas que ilusionen y promuevan cambios que mejoren la calidad de vida de las personas y del los pueblos y sus gentes. Lo considero fundamental, pero nunca olvidando el pasado, la historia y las raíces.
No puedo contarles vivencias infantiles ni anécdotas sobre mi infancia en Tunte, lo cual mucho me gustaría, porque aunque mis raíces familiares proceden de agricultores de Montaña Alta de Guía, Verdejo y el pago de Tres Cruces, donde nacieron y crecieron mis padres y mis seis hermanos, las necesidades, las penurias de otras tiempos, la ausencia de futuro de los años cincuenta, los llevaron en un largo viaje a tierras argentinas. En aquellos confines me dieron la vida, también en un pueblo rural enclavado en medio de enormes ricas praderas donde crece trigo, centeno, girasol y millo, entre otros muchos cultivos, y en el que el ganado vacuno, entre los más importantes, se contaba por miles.
La distancia física entre aquellos campos llenos de vida y estas prósperas tierras de Tirajana es muy grande, pero no así en aspectos como la vida sencilla, el trabajo pegado a la tierra y el fuerte apego a las costumbres y tradiciones de sus habitantes. Es que en eso a veces no existen las distancias o las diferencias que parecen debieran existir. Se vive de forma parecida y en algunas circunstancias se actúa con los mismos sentimientos. Aquella ha sido tierra de aluviones, de inmigración, y esta es igual. Al que llega de fuera se lo recibe con los brazos abiertos y se le ofrece respeto y cariño. ¿Con gente así quién puede renunciar a esta tierra?. Hace veintiocho años que junto a mi familia me instalé en San Bartolomé de Tirajana y desde entonces he mantenido una relación fluida con todas sus instituciones, donde siempre el respeto y el decoro ha estado por encima de todo, lo cual me ha permitido tener un amplio conocimiento de su funcionamiento, pero al mismo tiempo cosechar grandes amistades, que en ciertos momentos complicados de la vida han estado a mi lado comportándose como si del familiar más cercano e íntimo se tratara. ¡Amigos, eso no tiene precio!, y es por eso que aprovecho este pregón para dejar testimonio público de mi amor hacia todos ellos.
Estos días de julio, ya caldeados, como ocurre por estas fechas, mientras iba tejiendo ideas, unas tras otras, acerca del contenido de este pregón, comencé a rebuscar en la memoria acerca de cuál había sido la primera persona con la que tuve oportunidad de hablar e intercambiar pareceres sobre este municipio. Me había hecho el firme propósito de no nombrar a nadie en particular, pero tengo que hacerlo. Es una anécdota que me aportó mucho y me dejó su huella. Llevaba pocos meses destinado en el Sur, cuando una mañana suena el teléfono de casa y del otro lado el alcalde, don Francisco Araña del Toro, me pide que si puedo acercarme a su despacho. Era por una información sin demasiada enjundia pero que a él le incomodaba. No era nada personal. Lo dejó claro. “No tire piedras sobre su propio tejado”, fue lo primero que me dijo. Y seguidamente me explicó la importancia de cuidar la imagen de San Bartolomé de Tirajana, de su zona turística, no favoreciendo con cierto tipo de informaciones a quienes intentaban menoscabar el destino para llevarse el turismo para otros lugares. Fue la primera persona con la que pude hablar de tu a tu con mucho respeto sobre Tirajana. Hay cosas que no se borran de la memoria a pesar de estos veintiochos años.
Tampoco olvido las celebraciones festivas en honor al Apóstol Santiago. He estado presente en casi todas, y el recuerdo se hace imborrable por el fervor con el que se vive cada uno de sus actos por los tirajaneros. Lo llevan en el alma, forma parte de su esencia, y eso, créanme, se contagia cuando se comparten algunos momentos de sus vidas. Esto no es nuevo. Si vamos al libro Fundamentos del caciquismo en San Bartolomé de Tirajana, ahí encontramos que el periódico El Liberal, el día 2 de agosto de 1887, dando cuenta de cómo han sido las celebraciones de las fiestas del Apóstol Santiago en Tunte, recoge: “Hoy que todos lamentamos el mal estado del país, hoy que, por el bajo precio de los productos de nuestro fértil suelo, apenas podemos cumplir atenciones de primera necesidad, nos sorprende la numerosa concurrencia, el gentío inmenso que el presente año ha visitado este pueblo de San Bartolomé de Tirajana con motivo de la festividad del Santo Apóstol... Estos son atraídos indudablemente por el buen nombre de estas fiestas, la hermosura de este valle, y más que todo, por el buen estado de los caminos vecinales...”. Estas fiestas de Tunte se encuentran entre las más antiguas del Archipiélago, con una veneración y devoción por el Apóstol que tiene sus orígenes con la construcción de la primitiva ermita de Santiago en los pinares y, sobre todo, a la construcción de la segunda ermita dedicada a San Bartolomé, que posteriormente se convierte en parroquia, -no tal como la conocemos ahora-, allá por el año 1535. Desde aquellos tiempos el culto a Santiago hizo de Tunte tierra de peregrinos y penitentes, y esa tradición se mantiene, y se mantiene con fuerza por su gente.
¿Quién se puede resistir a disfrutar de estas fiestas?. El paisaje que se asoma a los ojos del visitante entrando por la carretera de los Cuchillos como por la cumbre no tiene parangón. La Caldera de Tirajana, con sus caseríos, como El Sequero, Los Lomitos, Taidía y Risco Blanco, y el corazón de la Villa, es uno de los escenarios de la naturaleza más grandiosos y bellos. Hay quienes se quedan sin palabras ante el silencio y el espectáculo de sus colores. Cuidarlo es tarea de todos, porque este paisaje también forma parte del patrimonio turístico del municipio y es motivo por el cual día a día se desplazan cientos de visitantes desde el Sur, desde el emporio de apartamentos y hoteles, hasta las medianías. Es que San Bartolomé de Tirajana es un territorio privilegiado por la naturaleza, lo tiene todo, dunas en la costa en Maspalomas, mar limpio y cristalino desde El Pajar hasta Juncalillo del Sur, puertos para recreo y ocio en Pasito Blanco, pesca en Castillo del Romeral y las mejores queserías de Canarias en San Agustín. Pero además posee espacios naturales únicos, como Pilancones, y otros que maravillan a los visitantes.
Tranquilidad, no voy a cansarles hablando del desarrollo turístico, sus fortalezas y debilidades. No es el lugar ni el momento, y eso bien podría llevarme hasta el amanecer. Ahora nuestras energías se preparan para compartir durante dos largas semanas un acontecimiento que está lleno de historia, en el que las tirajaneros de aquí esperan la visita de sus familiares, amigos, conocidos y vecinos que un día y por distintas circunstancias se alejaron del terruño amado. Pero también se acercarán hasta Tunte otras numerosas personas que desean compartir la celebración. Entonces es hora de abrir las puertas, de encender las luces y de darle marcha a la parranda. Vamos a festejar. Es el momento del abrazo, de estrechar las manos, de la algarabía, del jolgorio, pero también de la reflexión, y de no olvidar a los que enfermos o impedidos no pueden estar presentes.
Desde este lugar le pido que vivan la fiesta en plenitud y con armonía. “Vivir en armonía con el universo, con todo lo que nos rodea, es vivir lleno de amor y abundancia”.
Viva el Apóstol!!!
Viva Santiago!!!
Viva San Bartolomé !!!
Viva la Fiesta !!!