Hasta, como quien dice, ayer mismo, la visión más acomodada del progreso civilizatorio situaba la gran cuestión pendiente a resolver, “la última frontera”, ya solo en el ámbito internacional, en la triste situación humanitaria de los países más pobres.
Expresión mundial de esta mirada disimulada sobre los asuntos humanos son los “Objetivos del Milenio” auspiciados por la ONU, un fariseo proyecto de reducción estadística de las lacras de la humanidad, el cual, ni en los momentos más boyantes de enriquecimiento de las naciones más poderosas, ha contemplado erradicar ninguno de los índices de miseria e indignidad que asolan la precaria existencia de multitud de seres humanos.
Esta concepción, solo en apariencia progresista, se justificaba en el llamado “pensamiento débil”, reacción cultural que ante los excesos ciertos de la propuesta “ilustrada” de emancipación, planteaba el magro consuelo de la mediocridad en los fines. Y tributaria del “pensamiento único” -el cierre de filas intelectual del neoconservadurismo-, se conformaba a “el fin de la Historia” con el matrimonio de conveniencia del capitalismo, crecientemente bulímico, y la democracia, más y más anoréxica, unidos para siempre.
Eran los tiempos en que se pretendía haber finalizado con la confrontación entre clases socioeconómicas en “el primer mundo”, en que los intelectuales orgánicos, los técnicos académicos, los líderes políticos sociales y los dirigentes sindicales realistas cantaban, en coordinada polifonía, las loas del pragmatismo social y del cultivo de los asuntos privados, ya que, mal que bien, en el patio interior de los estados poderosos se daba por concluida la cuestión de la justicia social.
Era la época en que los conductores de los interés generales entendían más de vinos de crianza que de problemas estructurales y en que vivir instalado en el lucro personal no era contradictorio con la ejemplaridad social. Eso sí, mirando para otro lado ante el propio “cuarto mundo” miserable y la entronización de la dualización socioeconómica “por arriba” en casa. Y no queriendo saber nada del acoso belicista y del expolio neocolonial del resto del mundo, de las guerras preventivas justicieras, de las crisis financieras regionales inducidas y de los mayores desequilibrios sociales y ambientales de la historia mundial de la humanidad.
Hoy, en plena fase de recesión autoimpuesta en el primer mundo, ya no se lleva presumir de “la cuadratura del círculo” en occidente, ya nadie habla de lo bien que se complementan los mercados y las democracias. Ahora “pintan bastos”, ahora va de que los de abajo asuman su condición dependiente y subordinada. Eso sí, nadie tiene la culpa de nada, todo el mundo en la escala de poder se limita a gestionar la crisis y a ajustarse el cinturón. O, al menos, eso es lo que nos cuentan los de arriba a través de sus cuadros intermedios.
Y así, como si tal cosa, la pobreza y la indefensión vuelven a los barrios y ciudades de las naciones ricas, perdón, de los ricos. Como en un imposible salto temporal hacia atrás, inauguramos el siglo XXI cayendo de bruces en el XIX. Como si las condiciones humanitarias de vida digna y el poder político democratizado fueran meras quimeras y solo por medio de la opresión y explotación de las mayorías sea posible vivir en sociedad.
Desde luego, ante esta nueva “realidad” de pesadilla lo más lúcido continúa siendo creer en el sueño de la libertad, la igualdad y la fraternidad compartidas. Y pugnar para que esos sueños de emancipación general se hagan reales, terminando con toda frontera de injusticia y privilegio, por fin, en todo el mundo.
Xavier Aparici Gisbert. Filósofo y Secretario de Redes Ciudadanas de Solidaridad.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com.