Con la crisis actual, de alcance global y sólo para los menos ricos –el 99 % de la humanidad- que nos atenaza, el capitalismo ha perdido todo su infundado prestigio. De hecho, la ONG Oxfam, dedicada a la lucha contra el hambre, acaba de hacer público un informe, El coste de la inequidad: cómo la riqueza y los ingresos extremos nos dañan a todos, en el cual, se concluye que "la riqueza y los ingresos extremos no solo no son éticos, sino que además son económicamente ineficientes, políticamente corrosivos, dividen a la sociedad y son medioambientalmente destructivos". Con todo lo severo que es este diagnostico con las políticas económicas imperantes, Oxfam Internacional no puede considerarse, ni mucho menos, como socialmente extremista.
Aún así, ¿acaso la economía no tiene como característica fundamental esa descarnada búsqueda del provecho propio? Frente a la teórica maximización asocial, múltiples análisis y experiencias nos informan de todo lo contrario. Como el estudio que sigue:
Un buen día, un economista norteamericano, empleado como analista, empezó a llevar, todos los viernes, rosquillas y queso para untar a sus compañeros de departamento. Como, al poco, los colegas de las oficinas próximas también le pidieron que se los trajera a ellos, terminó por llevar al trabajo, cada semana, quince docenas de rosquillas y los correspondientes tarros de queso cremoso. Para recuperar el gasto, puso un cartel con el coste y una cesta para las monedas. Así, recuperaba, de promedio, el 95 % del desembolso. Desde luego, pronto se le conoció en su empresa como "el tío que trae las rosquillas".
Pasado el tiempo, decidió dejar ese empleo y dedicarse, profesionalmente, a la distribución de rosquillas con queso sin renunciar a su sistema basado en la honestidad de los usuarios. A primera hora, en edificios de oficinas, dejaba en las salas de descanso de las entidades, su género y, antes de la comida de mediodía, volvía a recoger lo sobrante y el importe recaudado. Terminó atendiendo a unas 140 empresas y obteniendo un buen beneficio. Como llevaba un control contable estricto, su negocio se convirtió, además, en un experimento económico capaz de constatar la honradez de sus clientes.
En las nuevas empresas, donde el personal no tenían ninguna relación previa con el proveedor, la cesta de recaudación se cambió por una caja cerrada, pues la tentación de llevarse las monedas resultaba muy grande. Con resultados excelentes, pues, de promedio, al año solo se perdía por robo una caja de las cerca de siete mil que se colocaban. Para considerar estas entidades económicamente "honradas", con que hubiera un retorno del 90% del coste estipulado, era suficiente. Resultó que en las oficinas pequeñas había mayor honradez que en las grandes, entre un 3 y un 5%. Y con respecto a los trabajadores, cuando más altos en el escalafón, más dispuestos estaban a hacer trampa, a no pagar, aspecto éste perfectamente constatado tras servir durante años a una empresa donde los ejecutivos superiores y dos tipos de empleados subalternos, ocupaban tres plantas distintas.
Conclusiones: la gran mayoría de la gente no abusa, aunque nadie la vigile; en ámbitos reducidos, hay menos robos y; cuanto más poderosos son los individuos, más sinvergüenzas. Eso sí, de promedio. Como la vida misma.
Por cierto, los parásitos y los abusadores más ricos representan sólo el 1% de la humanidad.
Xavier Aparici Gisbert, filósofo y emprendedor social. http://bienvenidosapantopia.blogspot.com