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Domingo 27 de Septiembre del 2020

La bendición, Padrino. - En memoria de Carmelo Pérez Rodríguez-

Fidel Araña (14-09-2020)

Soy quien soy gracias a un amigo al que siempre quise y respeté como mi ‘maestro’. Sin su acompañamiento, sin su luz de referencia, yo hoy sería otra persona completamente distinta. Sin pensarlo ni quererlo, desde el mediodía de este sábado 12 de septiembre de 2020 me veo en la tesitura vital de aprender a vivir sin su latido, sin su presencia, sin su profunda escucha.

Son horas de silencio, de introspección profunda, de secuencias interminables de recuerdos que se agolpan sin tiempo para depurarlos y ordenarlos. Son horas de muchas lágrimas por una inesperada ruptura umbilical que nunca pensé. Empiezo a tomar conciencia de que vuelvo a ser un huérfano en lo que me quede de camino, y que mis pasos ya no contarán en adelante con el potente foco de ese faro que siempre alumbró en las oscuridades como la luz del día.

Es desgarrador abrirse así el pecho y asomar el corazón a la interperie, pero es necesario para ventilar los miedos, para apaciguar el huracán neuronal y químico que agita al yo interior en un torbellino de preguntas por la pérdida inapelable y definitiva de un ser querido, de una persona humana irreemplazable, singular, distinta, de una voluntad descomunal; de un hombre de acción y de principios basados en la entrega, la fe y el amor incondicional, ese amor tangible, sanatorio e inmedible.

Enfrentarme a la muerte y despedida de mi padrino Carmelo Pérez Rodríguez, mi guía espiritual, mi confesor, me deja perplejo, sin aliento y aún incrédulo. Porque quedo desnudo ante el porvenir. Perder para siempre el abrigo mental que me ofrecía su comprensión analítica, serena, amable y amorosa de la realidad de los hechos, fueran sociales, familiares o personales, es una doliente y honda herida que tendré que aprender a cicatrizar cuanto antes para sanar y domar el espíritu, “ese caballo desbocado y galopante que llevas dentro”, me decía él.

En adelante será difícil vivir sabiendo que el Carmelo físico que habitó en el pasado de nuestros días, el que ahora habita en espíritu entre nosotros, ya no está, ni cerca ni lejos. Sus bromas apaciguadoras, su risa envolvente, el rigor de su honestidad pura, su  equilibrio, sus guisos, sus libros, su abrigo y su motivadora y atenta acogida… han calado y enraizado como simientes.

Quienes conocimos y compartimos con él sabemos de la voz amable, seria y profundamente comprometida de su humana sabiduría. Con la muerte de Carmelo Pérez Rodríguez mi generación, y muchas generaciones posteriores del Sur y Sureste de Gran Canaria, donde impartía docencia y conocimiento, perdemos un referente social, moral e intelectual de una calidad humana superior, un sabio de cabecera, un ratón de biblioteca que con buen hacer transformaba su diario y permanente aprendizaje personal en conocimiento público y en obra colectiva.

Muchos jóvenes de mi juventud le debemos a Carmelo el amor propio y el interés por la educación, por la historia, la etnografía, el folklore, la literatura, el teatro, la poesía, la pintura, la escultura, las matemáticas, la física, la medicina, la cocina y la repostería, la filosofía… tantos y tantos saberes,… incluso por el griego y el latín. Su saber era globalmente sibarita: estudiar, investigar, aprender, para saber ser y saber estar en la realidad personal y social con el ímpetu y el objetivo de cumplir una misión de sueño: ser mejores personas en un mundo mejor.

De la extraordinaria y radiante persona que habitó en el cuerpo y la mente del Carmelo Pérez que conocí y al que tanto quise y amé como un hermano mayor me invaden mil y un recuerdos de trabajo colaborativo compartido,  iniciativas de su emprendedora forma de ser: un escrito, un ensayo, un prólogo, un estudio, una investigación, una transcripción, una corrección, un homenaje, una fiesta, un archivo, un congreso, una ponencia, un pregón, una asociación, una escuela… lo que fuera. Su creatividad siempre fue desbordante. Su mayúscula capacidad de trabajo era tan gozosa y exultante que sólo atendía en horario a los límites saludables del tiempo. Sólo paraba cuando el agotamiento y el dolor de cabeza le impedían continuar. Y muchas veces ni así. Por eso murió durmiendo.

Carmelo Pérez Rodríguez fue un visionario integrador social que impregnaba de amor y gozo todo lo que hacía y decía, que se empapó de conocimiento intelectual y emocional como camino de transformación y edificación personal y colectiva. El hogar, la cocina y la casa entera que compartió con  mi madrina Francisca Macías, su esposa, y sus dos hijas, ya no será la misma sin el aroma y el gusto de sus sabrosos guisos, sin sus recetas para amar con amor y para curar sin dolor los dolores del cuerpo y del alma. Mi amigo, mi maestro del alma fue un orfebre de la vida sencilla, un hombre con mayúsculas que compartió, repartió y sembró la semilla de la paz interior en todas aquellas personas con suerte que se detuvieron a escuchar su mensaje.

No sé si mi maestro Carmelo estaba preparado para la muerte. Me lo pregunto una y otra vez desde la perplejidad y el egoísmo personal, desde el eclipse sentimental que me ocasiona su inesperado viaje a la eternidad. Me digo y repito que a su joven espíritu aún le quedaban mil proyectos por desarrollar, toda una vida para seguir amando, escuchando, aprendiendo, enseñando, ayudando, colaborando, investigando, cuidando… ¡Qué enorme cuidador!. Carmelo regalaba vida a su paso, en cada paso, en cada caso, en todo caso, en cualquier caso. Por eso quienes lo conocimos, quienes le quisimos y amamos con el mismo amor incondicional que él nos brindaba sabemos que pocas personas como él se han ganado con matrícula de honor el difícil derecho de ir al cielo y ser invitado a sentarse a descansar a la diestra del Padre. Conocerle fue un honor impagable e imborrable. Recibir sus bendiciones fue una elección y un designio. Tengo la certeza de  que el espíritu de su vida y de su obra estará siempre con nosotros, en todo momento y en todo lugar, porque anidó profundo en nuestros corazones.

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