Todos los partidos políticos, sin excepción, se quejan amargamente cuando están en celo electoral de que las investigaciones o imputaciones a sus candidatos son maniobras sospechosas, urdidas por manos negras en turbios cenáculos, para perjudicar sus expectativas.
Por su lado los jueces más parlanchines, algunos aspirantes a estrellas mediáticas, se defienden diciendo que los tiempos judiciales son los que son, por más que las citaciones a políticos casualmente se concentren en periodos electorales y, casualmente, más contra unos partidos que contra otros. Pero como advierte un comprobado y cínico aforismo, la casualidad en política no existe, siempre está muy bien programada. Y con frecuencia las cosas son lo que parecen, por más que haya quien pretenda disfrazar la realidad con tecnicismos.
Es históricamente cierto que en tiempos de elecciones se sacan a la palestra los “sospechosos habituales”, como decía el capitán galo Louis Renault en la película Casablanca, y se olvidan después hasta dentro de otros cuatro años, tras haber agitado el espantajo en los mitines. Y eso sucede no sólo con cuestiones de corrupción judicializadas o pendientes de hacerlo.
Hay órganos judiciales que justifican posponer ciertas cuestiones más o menos escabrosas relacionadas con la corrupción, para no estigmatizar al político implicado o a su partido y no interferir en las elecciones. Para el ciudadano común es difícil de entender ese razonamiento, al menos apelando a un concepto elemental del método democrático. Al menos en lo que me atañe, preferiría conocer con la mayor claridad posible, antes de votar, la responsabilidad civil o penal del que aspira a representarme. Si el elegido fuera juzgado después y fuera culpable, un socarrón podría mascullar indignado: “a conejo ido, ¡palos a la madriguera!”.
Pero también los gurús de los partidos, esos siniestros personajes que moran en oscuros despachos con sabrosos emolumentos, consideran injerencias electorales cuando alguien les recuerda lo que dijeron en su día, promesa hecha con carácter ideológico o programático, y no cumplieron. Para este contraste entre el ayer y el hoy, son muy útiles las hemerotecas, fonotecas y, sobre todo, las videotecas. No es corrupción en sentido estricto, pero sí mentiras flagrantes. Por supuesto, dejando a un lado las razonables y justificadas rectificaciones por causas sobrevenidas imposibles de prever, y que por eso son imponderables.
En este sentido, por ejemplo, a Podemos le huele a cuerno quemado que le recuerden sus relaciones, cobros y declaraciones en defensa de Venezuela, Cuba, Irán y otros regímenes totalitarios. A Monedero le corría un Orinoco de los ojos tras la muerte del golpista Chávez, cuyo régimen, continuado torpemente por Maduro, encarcela disidentes, tiene el mayor índice de asesinatos del planeta y ha llevado a la miseria a ese otrora inmensamente rico país.
El PP intenta tergiversar la advertencia de Bruselas por el déficit excesivo, intentando evitar que haya, a su criterio, injerencias comunitarias desagradables antes de votar, al recordar algo que es una realidad objetiva, multe la UE ahora o multe después, o no. Ese empeño generó el oportuno chiste que circuló por el Whatsapp, “lo prometido es deuda”, parodiando la noticia de que por primera vez en un siglo la deuda pública española superaba el 100% del PIB.
Para el PSOE, Chávez, Griñán y media junta de Andalucía imputada o investigada, son frutos de injerencias judiciales. Llegan a proclamar que todos ellos son muy honrados y honorables, contra la razonable opinión del juez, porque no robaron para ellos. ¡Lo que hay que oír