La ociosidad es consustancial a la condición humana. El estar desocupado, el no tener nada en particular que hacer, nos resulta de lo más natural. Al menos ese es uno de los aspectos que más llama la atención de las condiciones de vida de las sociedades “naturales”, las que se caracterizan por asegurar comunitariamente su supervivencia material a través de la caza y la recolección: las comunidades que aún practican ese primitivo modo de supervivencia, siguen ocupando para asegurar su día a día, solo un tercio del tiempo que en las sociedades “modernas” empleamos para los mismos objetivos, dedicándose a holgar y divertirse el resto de la jornada.
Con respecto a los multitudinarios, artificiales y sofisticados modelos sociales de subsistencia actuales, el diseño cazador-recolector resulta, ciertamente, agreste, austero, sencillo y residual. Todo lo cual, no debe hacernos olvidar que es, con diferencia, la cultura económica más longeva y originaria de la especie humana. Desde el alba de los tiempos, durante el vasto periodo previo a la domesticación de plantas y animales que se denomina el Paleolítico, no había otro modo de sobrevivir. Esa fue la manera por la que los seres humanos primitivos prevalecieron: en reducidos grupos emparentados, que practicando una trashumancia de corto alcance pervivían, recolectando y cazando durante una pequeña parte del día. Aún hoy, es un viable modo de vida que asegura la vida de diversas pequeñas colectividades humanas en los márgenes de la todopoderosa civilización agropecuaria y en lo más profundo de ecosistemas salvajes.
Nosotros ya no vivimos así. En la actualidad, en la cultura económica prevalente lo comunitario se ha marginado y los bienes y los servicios tienen todos un precio que hay que pagar para poder disfrutarlos. Ahora, vivir “cuesta”, lo que tiene su lógica, pues, desde que traspasamos en mucho los límites demográficos de sustento a partir de la productividad espontánea de nuestros entornos naturales, no queda otra para sobrevivir que producir todo lo que precisamos y eso, requiere esfuerzos y tiene costes. Lo que ya no es tan obvio es que ese proceso esté gravado por los propietarios privados de los recursos y los medios de producción con la imposición de beneficios particulares extras, sin límites de proporción y sin objetivos sociales.
Esta sobrecarga económica en los costes y el acaparamiento de riqueza social que provoca, impide que, compartiendo solidariamente los esfuerzos y los frutos precisos a una supervivencia digna, pudiéramos trabajar todos y todas, reduciendo drásticamente el tiempo de trabajo. Así, aunque las cosas podrían ser muy diferentes con solo que se repartiera con equidad social el aumento de productividad material que proporcionan el progreso en conocimiento práctico y tecnología eficiente, en este mundo “moderno”, a la gente de a pie nos sigue tocando esforzarnos mucho y durante la mayor parte del día para “llegar a final de mes”, teniendo nuestro “merecido” descanso remunerado limitado, en el mejor de los casos, al fin de la semana y a un mes al año.
Durante esos días de fiesta y vacaciones, de respiro y asueto, la gran mayoría de los que aún podemos permitírnoslos, nos limitamos a tumbarnos al sol en la arena de una playa o a resguardarnos bajo un cobertizo en el campo, viendo pasar el día, sin mucho que hacer. Y con tiempo para lo que más nos gusta: pasear, jugar, entretenernos con la familia o las amistades; poder llevar -según la expresión italiana que significa “dulce hacer nada”- una vida ociosa y relajada. Y hay que ver lo bien que nos sientan esas maneras de estar “salvajes”, al cuerpo y al ánimo, a la mente y al corazón. Holgazanes y dichosos ¡naturalmente!.
Xavier Aparici Gisbert. Filósofo y Secretario de Redes Ciudadanas de Solidaridad.
http://bienvenidosapantopia.blogspot.com.